viernes, 16 de noviembre de 2012

La revolución de las bibliotecas digitales


     Vivimos inmersos en la tercera revolución industrial, la de las tecnologías de la información y la comunicación. El universo digital ha modificado para siempre la realidad, el modus operandi de muchos sectores de la sociedad jamás volverán a ser los de antaño, las bibliotecas no podían ser la excepción, hoy son más consultadas las bibliotecas digitales, cumplen su función expandiendo las posibilidades ilimitadas del conocimiento. Hablamos de las bibliotecas digitales en plural porque no podemos limitarnos a consultar una sola biblioteca, habiendo sido rotas las limitaciones espacio-temporales, podemos ser ubicuos por primera vez en la historia de las bibliotecas desde la de Alejandría hasta la del Congreso; en realidad, una biblioteca es una red de ellas, un laberinto bibliográfico que se expande ad infinitum, es la Galaxia Internet, para usar la afortunada expresión de Manuel Castells. La Galaxia Gutenberg no murió (según temía Marshall Mcluhan) una nebulosa electrónica la absorbió y le modificó el rostro. El libro no ha muerto, se ha asegurado su perdurabilidad en un soporte inmune a todos los avatares climáticos, bélicos, y de cualquier otra índole.  Si las tabillas sumerias e hititas escritas en cuneiforme han sobrevivido 5,000 años, el acervo bibliográfico resguardado en las bibliotecas digitales de la humanidad puede durar otros cinco mil de años.      

     Hoy los investigadores profesionales se ahorran tiempo trasladándose menos, reduciendo la burocracia para consultar un libro antiguo (bajo resguardo en algún fondo especial), aunque sin duda los bibliófilos preferirán seguir visitando las grandes bibliotecas del planeta como la de El escorial, la Nacional de París, o las bibliotecas universitarias alemanas; en el caso de quienes no disponen de recursos para viajar a las grandes ubres de donde se mama la cultura y el saber, una conexión a internet es la panacea, el sumergimiento en el universo de la sapiencia, teniendo las direcciones adecuadas para dar rienda suelta a la pasión por los libros digitales, y algo importante, hay bibliotecas como las españolas, totalmente gratuitas, es decir, son bibliotecas públicas, en el amplio, global, filantrópico sentido de la palabra. Todo público puede acceder a ellas, sólo basta saber leer en español y tener alfabetización informática, por supuesto.

     La biblioteca tradicional, que voy a llamar aquí “espacial”, para dicotomizarla con la digital que no es espacial  (a pesar de emplear una jerigonza informática, no dejamos de acudir a las metáforas, a las analogías, es decir, al lenguaje literario. Un físico seguramente se opondrá a esta simplista taxonomía, pues todo el universo es espacio, o sea, materia, pero también existe la antimateria; pero quedémonos con la analogía para hablar de la realidad binaria), se divide en diversidad de salas y colecciones, ocurre lo mismo en las digitales, en verdad es un laberinto de bibliotecas lo que conforma cualquier biblioteca, aquí sí se aplica el axioma de que la unidad es la suma de las partes.

     Es tiempo de dejar atrás la nostalgia por leer libros de carne y hueso (tinta y papel), el cine no desplazó al teatro, ni la fotografía a la pintura, ambos universos son paralelos, complementarios. Nada podrá sustituir el sublime placer de leer un libro en un apacible café del centro, pero quien renuncie a consultar estas mega bibliotecas cuyos softwares son auténticos obras arquitectónicas, se condena a ignorar una infinita cantidad de libros que tal vez nunca lleguen impresos a nuestro país, o que quizás tarden años en ser traducidos, si es que alguien los vierte al castellano. El diseño digital ha evolucionado de una forma prodigiosa, tanto que si ustedes consultan, apreciables lectores, la biblioteca digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León, quedarán asombrados de ver que los libros con todas sus características han sido reproducidos (el color, el dar vuelta a la página, el grosor del libro, la nitidez), lo que único que falta es poder olerlo, y acaso sentir la textura del papel con las yemas de los dedos. Hay que ser revolucionarios en tiempos de revolución.        


       



  

  

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