viernes, 16 de noviembre de 2012

Biblioteca tradicional versus Biblioteca digital

     Conversando con mis amigos en un céntrico café sobre las bibliotecas digitales, se formaron dos bandos, dos posturas al parecer antagónicas y hasta irreconciliables. En mi columna periodística de la semana pasada me mostré entusiasmado por la existencia de tales bibliotecas (el lector interesado puede leerla en este mismo blog) porque significan una ruptura muy positiva con las limitaciones espacio-temporales, me explico, con la internet podemos acceder a muchas bibliotecas de cualquier parte del planeta, a aquellas que permiten leer en línea sus libros o incluso descargarlos en nuestras computadoras. Esto es un triunfo fascinante en la democratización del conocimiento, más que democratización, en la universalidad del saber, pues por primera vez en la historia de la humanidad podemos leer incunables sin necesidad de salir de nuestra casa o nuestra biblioteca pública. No sólo incunables, un cosmos bibliográfico está a nuestra completa disposición.

Que es más cansado leer en la pantalla del monitor que en un texto impreso, ya lo había acotado el erotóbiblo (el grado superlativo de bibliófilo) Umberto Eco en El futuro del libro; de una manera divertida, arguyendo que el único inconveniente de leer frente al monitor es que después de ocho horas los ojos parecen unas pelotas de tenis. Eco, el gran bibliógrafo, el coleccionista de incunables y libros antiguos, manuscritos, pergaminos, códices… es partidario de las bibliotecas digitales, su persona misma es una biblioteca, es ein Büchermann.

Entiendo la postura de mis amigos que prefieren leer un libro tradicional. Me entendieron mal, yo también lo prefiero, nunca he dejado de comprar libros, no hay por qué sentir nostalgia, pues el libro no ha muerto, ha evolucionado. El libro electrónico es un complemento, una mutación, otra faceta del libro tradicional. Los nuevos dispositivos electrónicos han diseñado pantallas que protegen la vista y son ergonómicos, incluso tienen la forma de un libro tradicional. Hay que leer en los dos formatos, no cabe duda, el universo de la lectura y sus posibilidades epistemológicas se han expandido.

En ningún momento me opongo o me he opuesto a las bibliotecas tradicionales, son más que necesarias, imprescindibles, esenciales en el desarrollo y en la evolución del conocimiento humano. De nosotros depende que las grandes enciclopedias como la Espasa Calpe de más de 100 tomos, la Británica, la Hispánica, etc., no se conviertan en reliquia arqueológica, en pieza de museo. Mientras sigamos consultando esos prodigios bibliográficos, seguirán vivos; lo mismo cabe decir del resto de las colecciones de las bibliotecas: del acervo general, del acervo hemerográfico, etc.  

Tal parece que la dicotomía “biblioteca tradicional versus biblioteca digital” es un sofisma. Hablando en términos filosóficos, el ente de ambas bibliotecas es una sola, la abstracción “Biblioteca” contiene a todas las bibliotecas en potencia y en acto. Lo múltiple es unitario. La unidad se manifiesta como un abanico de rostros ad infinitum como en el cuento La biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges.

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