La lectura es la actividad intelectual más importante para el desarrollo personal, para introyectar la cultura universal (sin soslayar la nueva modalidad de la lectura digital, desde luego), pero también la menos valorada y escasamente remunerada, si no es que nulamente remunerada, salvo en el caso de los investigadores profesionales. Es más importante leer que escribir, dadas las circunstancias en que hemos heredado el conocimiento del pasado, una vida no basta (aún una larga vida) para leer todo lo relevante, o simplemente lo necesario, tenemos a cuestas un tesoro varias veces milenario: el de la civilización; muchas personas pierden el tiempo escribiendo cosas baladíes que ya fueron escritas hace siglos, se siguen talando árboles debido a falta de lecturas, enfoquémonos en ser glosadores o glosistas (si se me permite el término), que no es poca cosa.
Actualmente abundan los escritores que ya no leen, conozco a muchos de ellos, dedican todo su tiempo a escribir escudándose en el proverbio latino “Qui scribit, bis legit” (Quien escribe lee dos veces), pero leen muy poco, se nota en su escritura. Acepto perfectamente que no hay coherencia entre lo que digo y lo que hago, mi logos y mi praxis pueden aparentar estar divorciadas, pues en vez de estar leyendo un libro de historia o filosofía, estoy escribiendo, pero lo que escribo es una apología sobre la lectura, esa es mi justificación, mea culpa, imagine el lector que estamos conversando.
La lectura implica humildad, nunca leeremos ni el 1 % de los libros escritos en toda la historia de la humanidad, redactados en cientos de lenguas. En los últimos 3,000 comenzaron a crearse los clásicos de nuestra civilización occidental judeo-grecorromana, hay joyas como La expedición de los diez mil de Jenofonte que debíamos privilegiar en vez de leer algún best seller, así sea de 1000 páginas, lo importante sigue siendo la calidad y no la cantidad.
Tal vez la lectura no aporta sabiduría sino información, y si somos constantes, dedicados y apasionados: erudición. Concuerdo con don Ernesto de la Peña , cuando dijo que “la sabiduría es una hipótesis de trabajo”. En mi caso, sigue siendo un ideal a consumar. A lo que sí aspiro es a la erudición que proporcionan los libros facturados por hombres doctos, prefiero los libros históricos, filosóficos, lingüísticos, y los de difusión científica. La divulgación no necesariamente es abandonar la jerga científica o una demeritación del conocimiento. Hace años me alegró mucho enterarme leyendo una biografía sobre Einstein que él aprendió física consultando esta clase de libros, actualmente los de física conceptual proliferan y son una bendición para los legos en matemáticas. Definitivamente, la lectura dimensiona la trascendencia del ser humano.
Y hablando de libros y de la lectura, quiero felicitar a la bibliotecóloga Angélica Cardona por coordinar una tertulia literaria ambulante, pues cada mes un grupo de lectores elige un libro para ser leído, comentado, discutido, criticado, analizado, celebrado, y compartido por sus integrantes, sin otra finalidad que el supremo goce estético e intelectual que proporciona la lectura. Es una tertulia ambulante, trotalibros, porque cada mes sesiona en un café diferente de la ciudad. Enhorabuena a los tertulianos leoneses. Complementando la máxima latina podríamos añadir: “Quien lee vive dos veces”, mejor dicho, vive innumerables vidas.
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