viernes, 16 de noviembre de 2012

La Biblioteca de la Universidad Tecnológica de León

     La finalidad primordial de la biblioteca de la Universidad Tecnológica de León es la formación académica de sus estudiantes y profesores, pero posee además de su acervo científico y tecnológico cercano a los 30 000 títulos, otros acervos de carácter cultural (a decir de sus bibliotecólogos y bibliotecarios) en el área de Colecciones, a saber: La ciencia para todos, El Colegio Nacional, Obras Completas de Octavio Paz, Obras de Carlos Fuentes, Literatura Universal y Literatura Mexicana. Integrado en el acervo general se encuentra también una colección del Archivo Histórico Diplomático Mexicano.
Recuerdo la vieja y divertida acusación recíproca entre los investigadores del Massachusetts Institute of Technology y los de Harvard University, narrada por Noam Chomsky; los de Harvard acusaban a los del MIT de incultos iletrados, y estos últimos los acusaban de no saber matemáticas, de analfabetos tecnológicos. En la UTL esta arcaica polémica ha sido resuelta. Porque la formación tecnológica es complementada con formación humanista, la Universidad tiene un Departamento de español (Expresión oral y escrita). La biblioteca es pública, es decir, cualquier ciudadano mexicano o incluso extranjero, puede consultar el acervo bibliográfico, hemerográfico, videográfico o discográfico; lo que no pueden hacer es llevar ese material a domicilio, esas son prerrogativas de los alumnos, profesores y trabajadores universitarios. El hecho de poder consultar sus apreciables libros ya es bastante.
La colección de El Colegio Nacional es una de las más apasionantes, pues los sabios del país, de todas las ramas, dedicados de tiempo completo a producir conocimiento estampan sus libros en esta editorial. Casi todos los libros del filósofo y poeta Ramón Xirau se encuentran aquí, por ejemplo Genio y figura de sor Juana Inés de la Cruz, Poesía y conocimiento, Ciudades. Desde el 2007 el lingüista Luis Fernando Lara es miembro del CN, y ha publicado desde entonces luminosos artículos académicos sobre la historia de la lengua española en México, sobre lexicografía, etc. Se encuentran los 20 tomos de la obra del médico neo-renacentista Ruy Pérez Tamayo: historiador de la medicina, académico de la lengua, nada humano le es ajeno, erudito enciclopédico de quien tenemos mucho que aprender.
En la colección Literatura Universal se encuentran los clásico de siempre: La Ilíada, La Divina Comedia, Don Quijote, casi todas las obras de nuestro más reciente Nobel de Literatura: Mario Vargas Llosa (no sólo es de los peruanos, sino de todos los hispanohablantes), las Obras Completas de Borges, etc.
La Colección Obras de Carlos Fuentes tiene un perfil claramente bibliófilo, hay tres diferentes ediciones de La región más transparente: una edición crítica impresa por Cátedra en la prestigiosa serie Letras Hispánicas; la edición conmemorativa de los 50 años de la primera edición, elaborada por el FCE;  y una más, editada por la Real Academia Española. El lector tiene libertad para elegir qué versión degustar. Y aquí me detengo porque no es mi intención escribir un catálogo sino invitar al lector a que se sumerja en este tsunami libresco y humanístico.
Puedo calificar a la biblioteca de la UTL de hispanista. Entiendo por hispanismo cualquier manifestación de amor por la lengua española y la cultura hispánica (que compartimos todos los países hispanoamericanos y España), ese amor se transparenta en la investigación, en la promoción de nuestra cultura escrita, en la difusión de los clásicos de nuestra lengua milenaria.
En la Colección Literatura Mexicana encontré un libro que me sedujo al instante, lo leí con avidez y fascinación: Cuatro Ingenios (Espasa-Calpe, 1950) del polígrafo Alfonso Reyes, ese mexicano universal, helenista destacado, pero sobre todo especialista en literatura española. El libro lo conforman cuatro ensayos sobre cuatro clásicos de nuestra lengua, tres del periodo áureo (Lope de Vega, Quevedo, Gracián) y el último sobre el Arcipreste de Hita, “…son huéspedes un ingenio medieval y tres ingenios modernos…” en el estilo de don Alfonso. Fue escrito en 1917, durante su estancia madrileña. Son breves semblanzas biográficas y literarias, un recorrido por la geografía española y por la evolución de nuestra literatura, un viaje a través del tiempo. Son ensayos literarios pero con un acendrado enfoque historicista, pues no puede comprenderse la obra de arte sin el entorno histórico, por ejemplo, el hecho de que los primeros libros de Gracián hayan sido publicados con pseudónimo se debió al régimen de censura y opresión del pensamiento que la Inquisición estableció en la España de aquellos siglos. La prosa de Reyes es un auténtico deleite, pulcra, concisa, elegante, así define a Quevedo: “La experiencia del trato humano parece en él cosa innata: es político desde que nace. Hombre docto en cosas antiguas, ve en la política, como un clásico, la hermana mayor de todas las artes”. Qué bueno que tengamos bibliotecas como esta porque (transformando la máxima Sartreana) el hispanismo es humanismo.





La trascendencia de la lectura


     La lectura es la actividad intelectual más importante para el desarrollo personal, para introyectar la cultura universal (sin soslayar la nueva modalidad de la lectura digital, desde luego), pero también la menos valorada y escasamente remunerada, si no es que nulamente remunerada, salvo en el caso de los investigadores profesionales. Es más importante leer que escribir, dadas las circunstancias en que hemos heredado el conocimiento del pasado, una vida no basta (aún una larga vida) para leer todo lo relevante, o simplemente lo necesario, tenemos a cuestas un tesoro varias veces milenario: el de la civilización; muchas personas pierden el tiempo escribiendo cosas baladíes que ya fueron escritas hace siglos, se siguen talando árboles debido a falta de lecturas, enfoquémonos en ser glosadores o glosistas (si se me permite el término), que no es poca cosa.

Actualmente abundan los escritores que ya no leen, conozco a muchos de ellos, dedican todo su tiempo a escribir escudándose en el proverbio latino “Qui scribit, bis legit” (Quien escribe lee dos veces), pero leen muy poco, se nota en su escritura. Acepto perfectamente que no hay coherencia entre lo que digo y lo que hago, mi logos y mi praxis pueden aparentar estar divorciadas, pues en vez de estar leyendo un libro de historia o filosofía, estoy escribiendo, pero lo que escribo es una apología sobre la lectura, esa es mi justificación, mea culpa, imagine el lector que estamos conversando.  

La lectura implica humildad, nunca leeremos ni el 1 % de los libros escritos en toda la historia de la humanidad, redactados en cientos de lenguas. En los últimos 3,000 comenzaron a crearse los clásicos de nuestra civilización occidental judeo-grecorromana, hay joyas como La expedición de los diez mil de Jenofonte que debíamos privilegiar en vez de leer algún best seller, así sea de 1000 páginas, lo importante sigue siendo la calidad y no la cantidad.
    
Tal vez la lectura no aporta sabiduría sino información, y si somos constantes, dedicados y apasionados: erudición. Concuerdo con don Ernesto de la Peña, cuando dijo que “la sabiduría es una hipótesis de trabajo”. En mi caso, sigue siendo un ideal a consumar. A lo que sí aspiro es a la erudición que proporcionan los libros facturados por hombres doctos, prefiero los libros históricos, filosóficos, lingüísticos, y los de difusión científica. La divulgación no necesariamente es abandonar la jerga científica o una demeritación del conocimiento. Hace años me alegró mucho enterarme leyendo una biografía sobre Einstein que él aprendió física consultando esta clase de libros, actualmente los de física conceptual proliferan y son una bendición para los legos en matemáticas. Definitivamente, la lectura dimensiona la trascendencia del ser humano.

Y hablando de libros y de la lectura, quiero felicitar a la bibliotecóloga Angélica Cardona por coordinar una tertulia literaria ambulante, pues cada mes un grupo de lectores elige un libro para ser leído, comentado, discutido, criticado, analizado, celebrado, y compartido por sus integrantes, sin otra finalidad que el supremo goce estético e intelectual que proporciona la lectura. Es una tertulia ambulante, trotalibros, porque cada mes sesiona en un café diferente de la ciudad. Enhorabuena a los tertulianos leoneses. Complementando la máxima latina podríamos añadir: “Quien lee vive dos veces”, mejor dicho, vive innumerables vidas.       


Biblioteca tradicional versus Biblioteca digital

     Conversando con mis amigos en un céntrico café sobre las bibliotecas digitales, se formaron dos bandos, dos posturas al parecer antagónicas y hasta irreconciliables. En mi columna periodística de la semana pasada me mostré entusiasmado por la existencia de tales bibliotecas (el lector interesado puede leerla en este mismo blog) porque significan una ruptura muy positiva con las limitaciones espacio-temporales, me explico, con la internet podemos acceder a muchas bibliotecas de cualquier parte del planeta, a aquellas que permiten leer en línea sus libros o incluso descargarlos en nuestras computadoras. Esto es un triunfo fascinante en la democratización del conocimiento, más que democratización, en la universalidad del saber, pues por primera vez en la historia de la humanidad podemos leer incunables sin necesidad de salir de nuestra casa o nuestra biblioteca pública. No sólo incunables, un cosmos bibliográfico está a nuestra completa disposición.

Que es más cansado leer en la pantalla del monitor que en un texto impreso, ya lo había acotado el erotóbiblo (el grado superlativo de bibliófilo) Umberto Eco en El futuro del libro; de una manera divertida, arguyendo que el único inconveniente de leer frente al monitor es que después de ocho horas los ojos parecen unas pelotas de tenis. Eco, el gran bibliógrafo, el coleccionista de incunables y libros antiguos, manuscritos, pergaminos, códices… es partidario de las bibliotecas digitales, su persona misma es una biblioteca, es ein Büchermann.

Entiendo la postura de mis amigos que prefieren leer un libro tradicional. Me entendieron mal, yo también lo prefiero, nunca he dejado de comprar libros, no hay por qué sentir nostalgia, pues el libro no ha muerto, ha evolucionado. El libro electrónico es un complemento, una mutación, otra faceta del libro tradicional. Los nuevos dispositivos electrónicos han diseñado pantallas que protegen la vista y son ergonómicos, incluso tienen la forma de un libro tradicional. Hay que leer en los dos formatos, no cabe duda, el universo de la lectura y sus posibilidades epistemológicas se han expandido.

En ningún momento me opongo o me he opuesto a las bibliotecas tradicionales, son más que necesarias, imprescindibles, esenciales en el desarrollo y en la evolución del conocimiento humano. De nosotros depende que las grandes enciclopedias como la Espasa Calpe de más de 100 tomos, la Británica, la Hispánica, etc., no se conviertan en reliquia arqueológica, en pieza de museo. Mientras sigamos consultando esos prodigios bibliográficos, seguirán vivos; lo mismo cabe decir del resto de las colecciones de las bibliotecas: del acervo general, del acervo hemerográfico, etc.  

Tal parece que la dicotomía “biblioteca tradicional versus biblioteca digital” es un sofisma. Hablando en términos filosóficos, el ente de ambas bibliotecas es una sola, la abstracción “Biblioteca” contiene a todas las bibliotecas en potencia y en acto. Lo múltiple es unitario. La unidad se manifiesta como un abanico de rostros ad infinitum como en el cuento La biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges.

La revolución de las bibliotecas digitales


     Vivimos inmersos en la tercera revolución industrial, la de las tecnologías de la información y la comunicación. El universo digital ha modificado para siempre la realidad, el modus operandi de muchos sectores de la sociedad jamás volverán a ser los de antaño, las bibliotecas no podían ser la excepción, hoy son más consultadas las bibliotecas digitales, cumplen su función expandiendo las posibilidades ilimitadas del conocimiento. Hablamos de las bibliotecas digitales en plural porque no podemos limitarnos a consultar una sola biblioteca, habiendo sido rotas las limitaciones espacio-temporales, podemos ser ubicuos por primera vez en la historia de las bibliotecas desde la de Alejandría hasta la del Congreso; en realidad, una biblioteca es una red de ellas, un laberinto bibliográfico que se expande ad infinitum, es la Galaxia Internet, para usar la afortunada expresión de Manuel Castells. La Galaxia Gutenberg no murió (según temía Marshall Mcluhan) una nebulosa electrónica la absorbió y le modificó el rostro. El libro no ha muerto, se ha asegurado su perdurabilidad en un soporte inmune a todos los avatares climáticos, bélicos, y de cualquier otra índole.  Si las tabillas sumerias e hititas escritas en cuneiforme han sobrevivido 5,000 años, el acervo bibliográfico resguardado en las bibliotecas digitales de la humanidad puede durar otros cinco mil de años.      

     Hoy los investigadores profesionales se ahorran tiempo trasladándose menos, reduciendo la burocracia para consultar un libro antiguo (bajo resguardo en algún fondo especial), aunque sin duda los bibliófilos preferirán seguir visitando las grandes bibliotecas del planeta como la de El escorial, la Nacional de París, o las bibliotecas universitarias alemanas; en el caso de quienes no disponen de recursos para viajar a las grandes ubres de donde se mama la cultura y el saber, una conexión a internet es la panacea, el sumergimiento en el universo de la sapiencia, teniendo las direcciones adecuadas para dar rienda suelta a la pasión por los libros digitales, y algo importante, hay bibliotecas como las españolas, totalmente gratuitas, es decir, son bibliotecas públicas, en el amplio, global, filantrópico sentido de la palabra. Todo público puede acceder a ellas, sólo basta saber leer en español y tener alfabetización informática, por supuesto.

     La biblioteca tradicional, que voy a llamar aquí “espacial”, para dicotomizarla con la digital que no es espacial  (a pesar de emplear una jerigonza informática, no dejamos de acudir a las metáforas, a las analogías, es decir, al lenguaje literario. Un físico seguramente se opondrá a esta simplista taxonomía, pues todo el universo es espacio, o sea, materia, pero también existe la antimateria; pero quedémonos con la analogía para hablar de la realidad binaria), se divide en diversidad de salas y colecciones, ocurre lo mismo en las digitales, en verdad es un laberinto de bibliotecas lo que conforma cualquier biblioteca, aquí sí se aplica el axioma de que la unidad es la suma de las partes.

     Es tiempo de dejar atrás la nostalgia por leer libros de carne y hueso (tinta y papel), el cine no desplazó al teatro, ni la fotografía a la pintura, ambos universos son paralelos, complementarios. Nada podrá sustituir el sublime placer de leer un libro en un apacible café del centro, pero quien renuncie a consultar estas mega bibliotecas cuyos softwares son auténticos obras arquitectónicas, se condena a ignorar una infinita cantidad de libros que tal vez nunca lleguen impresos a nuestro país, o que quizás tarden años en ser traducidos, si es que alguien los vierte al castellano. El diseño digital ha evolucionado de una forma prodigiosa, tanto que si ustedes consultan, apreciables lectores, la biblioteca digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León, quedarán asombrados de ver que los libros con todas sus características han sido reproducidos (el color, el dar vuelta a la página, el grosor del libro, la nitidez), lo que único que falta es poder olerlo, y acaso sentir la textura del papel con las yemas de los dedos. Hay que ser revolucionarios en tiempos de revolución.        


       



  

  

domingo, 4 de marzo de 2012

La biblioteca invisible

La lengua española posee una faceta evolutiva, pero también otra conservadora, la realidad se transforma a ritmo vertiginoso, pero muchas palabras permanecen incólumes, inmarcesibles, un claro ejemplo es la palabra “biblioteca”. La biblioteca (el tradicional almacén de libros, el depósito de resguardo bibliográfico) ha sido modificada por las tecnologías de la información y la comunicación, el objeto que designa esta palabra evolucionó, y por ende, el concepto, aunque no el significado, hoy las bibliotecas digitales (también denominadas virtuales o electrónicas) son la vanguardia bibliotecológica, los cambios son evidentes, las bibliotecas tradicionales ocupaban mucho espacio, edificios completos incluso, las bibliotecas digitales son intangibles y casi inespaciales, pues el único espacio que ocupan es el de la pantalla de la computadora. Estoy formando mi propia biblioteca digital, un hecho curioso es que no es tangible, en cierta forma es invisible. El escritor italiano Italo Calvino imaginó ciudades invisibles, nosotros transitamos entre los pasillos de bibliotecas invisibles, pero no las imaginamos, son reales en su virtualidad. Vivimos en un plano muy complejo del pensamiento abstracto, tenemos que imaginarnos la estantería o el librero, el tamaño y el olor de los libros, la tersura y el color de las hojas, ¿está impreso con papel revolución, couché o cultural? Al menos la tipografía quedó intacta, incluso ha sido enriquecida con el diseño digital, se han rescatado tipografías de la época de Gutenberg y se han vuelto a publicar incunables, al menos electrónicamente, estamos ante otra revolución gutenbergiana. En nuestra lengua  usamos indistintamente las palabras: digital y virtual para distinguir a la nueva biblioteca de la tradicional. ¿Cuál de estos dos vocablos es el más adecuado? Analicemos la primera: Digital, proviene del latín “digitus”, es el origen de nuestra palabra “dedo”, en latín significaba lo mismo que en español, pero esta palabra adquirió una nueva connotación, la de número, hoy el primer significado que le asignamos a “dígito” es el de número, todos cuando aprendemos los números en la infancia contamos con los dedos, cada número representa un dedo, esa es la razón de la evolución semántica de dígito. “Biblioteca digital” sugiere la idea de una biblioteca que consultamos usando los dedos (por el uso del teclado), pero también de que funciona  a base de cifras, con el lenguaje binario. Virtual proviene del latín “virtus” virtud, significado que todos conocemos, pero en su nueva acepción se refiere a una realidad alterna, que funciona con la electrónica, fruto de la informática. ¿Habrá sido bautizada con este nombre por ser considerada más virtuosa que las bibliotecas tradicionales, por ahorrar espacio, evitar la tala de árboles, por ser ecologista y ubicua?  Hay una segunda acepción de virtud, según el Diccionario de la Real Academia Española: Que tiene existencia aparente y no real. Sin duda, el concepto de virtualidad en informática adoptó esta acepción, escuchamos hablar todos los días de la realidad virtual, es decir, de la realidad que no es real, o que aparenta no serlo, pero lo es. Aún así, “biblioteca virtual” posee los dos significados, de virtuosa y electrónica, ¿cuál de los dos términos prefiere usted, amigo lector?

domingo, 12 de febrero de 2012

La Biblioteca Virtual Cervantes

La Biblioteca Virtual Cervantes de la española Universidad de Alicante, es un auténtico tesoro bibliográfico, un proyecto que comenzó a funcionar en 1999. Es una biblioteca humanista, enfocada en la difusión de la cultura hispánica, en su acepción más amplia e inclusiva, es decir, panhispanista (sin soslayar a Hispanoamérica, Filipinas, ni el legado documental de las otras lenguas peninsulares). La BVC es una red de bibliotecas interconectadas entre sí, su unidad se manifiesta en su multiplicidad, es como la Biblioteca de Babel del cuento de Borges: un universo per se; o una galaxia, como Manuel Castells ha denominado metafóricamente a internet. Lo que sí es absolutamente cierto es que su acervo es infinito, o al menos aparente serlo, he navegado durante horas, días, meses, años, y haciendo cálculos ingenuos sobre cuándo terminaré de leer todos los libros, capítulos, artículos y conferencias que me interesa conocer, me siento abrumado. Hablando sobre la Cervantes, mi amigo Néstor Portela (exaltado criptosefardita e hispanófilo confeso) me dijo que para él es como un océano y que se siente sin una barca para navegarlo. Me agrada la alegoría. Creo, sin embargo, que mi amigo es un náufrago porque conoce demasiado el mar océano de la Cervantes. Aunque para mí es como un laberinto, donde en vez de perderme, me encuentro a mí mismo, dando rienda suelta a mis pasiones: hispanista, latinista, helenista. Me confieso ratón de biblioteca, pero digital, las tecnologías de la información y la comunicación (las multicitadas TIC’s) ahora nos permiten viajar por el espacio sin movernos de nuestro escritorio, la virtualidad ha logrado que en la internet se ubiquen miles de bibliotecas simultáneamente, y que nos desplacemos a la que más nos plazca. Yo no puedo ir físicamente a la Biblioteca Nacional de España (carezco de maravedíes) a consultar incunables, pero puedo hacerlo virtualmente, a través de su portal Biblioteca Digital Hispánica, o en la BVC, pues en España las redes bibliotecarias funcionan tan bien que todas las bibliotecas se comparten sus acervos documentales y los publican generosamente no sólo para los ciudadanos españoles, sino para el mundo entero. Usted, apreciable lector, puede corroborarlo, la democracia se extiende al ámbito epistemológico, todos tenemos derecho al conocimiento, yo les agradezco sobremanera que me hayan permitido leer libros que desde el siglo XVI no habían vuelto a editarse, como la Historia Imperial y Cesárea de Pedro Mexía, o Del origen y principio de la lengua castellana de Bernardo de Aldrete. Los incunables pueden leerse folio por folio, íntegros, con lupa en mano, están impresos con la tipografía antigua: gótica o carolingia. Es un verdadero deleite poder leer sus amarillentas y antiquísimas páginas (imagino el aroma de esos libros  antiguos), pero sobre todo degustar ese estilo sin parangón de los Siglos de Oro. La BVC está integrada por varias colecciones: Literatura Española, Biblioteca Americana, Biblioteca Juan Lluís Vives, Letras Gallegas, Biblioteca de Signos, Literatura Infantil y Juvenil, Lengua, y finalmente,  Historia. Al dar clic en esta última colección se abre el portal, estamos en la antesala del acervo, en el umbral del saber, ahí se nos explica que la Biblioteca de Historia “presenta un importante catálogo digital de autores y obras relacionadas con casi todas las etapas de la civilización”. Al dar otro clic, esta vez en el icono www, en la parte inferior de la página web, entramos por fin a la biblioteca, tenemos el catálogo electrónico en la parte superior derecha para realizar las indagaciones bibliográficas que nos interesen. Del lado izquierdo, se despliegan otras ramificaciones del árbol, otras galerías del laberinto histórico, puedo elegir entre varias sendas para proseguir mi andadura bibliófila: Presentación, Catálogo, Portales, Personajes históricos, Enlaces, Últimos contenidos incorporados, Obras más consultadas. De estos portales, cada uno se ramifica, como en un laberinto amurallado con libros, elijo la cuarta opción. Y el personaje elegido es Alfonso X, y las ramificaciones se multiplican ad infinitum, esta megabiblioteca es la aplicación tangible de la inteligencia artificial basada en la ciencia cognitiva, la información fluye a semejanza del proceso neuronal, hay sinapsis, las interconexiones son permanentes y ubicuas, atemporales, la BVC es el universo con el que Borges soñaba. Un paraíso para los lectores. En la sala del rey Alfonso X, tomo un atajo para llegar a la sala de Estudios y encuentro el libro de un viejo maestro mío (además tocayo, con todo respeto): el gran hispanista Francisco Rico, Alfonso X y la “General Estoria”: tres lecciones (Ariel, 1971, Edición digital, 2008), revisión crítica de la gran empresa historiográfica alfonsí. Es justo lo que estaba buscando leer. También recomiendo al lector hojeé los manuscritos medievales de las Cantigas de Santa María, después de ocho siglos siguen intactos, luciendo su abigarrado esplendor, resabio de una época en que el manuscrito era una obra de arte. Los clásicos de nuestra lengua están esperándonos en las estanterías virtuales, los exhorto también a leer al primer poeta que escribió en nuestro romance: Los milagros de nuestra señora de Gonzalo de Berceo, verán la belleza primigenia de nuestro idioma, como fue hace ocho siglos, la ingenua estética y por eso conmovedora, la belleza de la musicalidad es innegable, pues al leerlo evocamos con nostalgia la infancia del castellano.